Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 30 de diciembre de 2025

La tinaja de miel, de M.D. Álvarez


 


Los más golosos de sus amigotes se relamían viéndola cubierta de miel. 

—Bueno, daros la vuelta o os vais a arrepentir —rugió él. Ella había caído en una gran tinaja de miel. 

—¿Cómo lo hacemos, por las buenas o por las malas? —preguntó él con una sonrisa juguetona. 

—Siempre por las buenas —refirió ella, echándole una mirada pícara. 

Se subió al borde de la gran tinaja y extendió su fuerte garra, sacándola suavemente. Comenzó a lamerla con devoción y glotonería; no cesó de hacerlo hasta dejarla limpia y sin ningún rastro de la pegajosa miel. 

Le cedió su gabán para cubrirla. 

—¡Ala! Ya podéis daros la vuelta —ordenó a su escolta de veinte aguerridos soldados.

Que al volverse, esperaban verla a ella desnuda, pero se la encontraron vestida con el gabán que su compañero le había cedido, mientras que él todavía se estaba relamiendo de los restos de miel que había quitado a lametones del cuerpo de su pareja. Él era el único al que permitía verla desnuda y disfrutar de su cuerpo. Era su lobo aterciopelado que la cuidaba y defendía. 

¿Hay alguien que le hubiera disputado el honor de limpiar lametones a su novia? Pues va a ser que no.

M. D. Álvarez 

viernes, 26 de diciembre de 2025

En un claro del bosque, un dodo, de María Encarnación Carrillo (Reseña nº 1132)

 


María Encarnación Carrillo
En un claro del bosque, un dodo
Loto Azul Editorial

La infancia, tan efímera, pero que mientras la vives, crees que durará para siempre. Es de los pocos momentos de la vida en que puedes creerte eterno.

El coche se calienta
camino de la playa.
Parada a la orilla
bajo los pinos
en El Cañarico...
...
Y cuando recogemos,
viajamos en la cápsula del tiempo,
un ciento veinticuatro
con las ventanillas bajadas,
frente peladas
afeitadas por el viento.

La autora, a la que tengo el placer de conocer y de haber compartido agradables veladas charlando sobre literatura, pero también sobre la vida, nos presenta en este poemario ese momento transitorio de la vida, los recuerdos, las vivencias, el asombro de lo nuevo. Coge para ello un animal que muchos ya no sabrán lo que es, de los primeros que se tiene constancia que el humano exterminó: el Dodo.

Hay mucha melancolía en estos poemas, donde la última parte nos la presenta como un diálogo con María Zambrano.

¿Y el Dodo? El poemario se cierra con él.

No invocaré palabras
en este claro del bosque
pues acudirían en enjambre
y me ahogarían, dices.
...
Y el dodo no habla
porque está extinto,
como extinta
está la palabra primera,
la última que queda
en la frontera del pensamiento.

Francisco Javier Illán Vivas 

 

martes, 23 de diciembre de 2025

El corazón de una hadriel. 3ra parte, de M.D. Álvarez

 


 

Esa noche, Ares se presentó en el lugar acordado, el Jardín de las Hespérides, un sitio tranquilo y apartado. La luna llena iluminaba el rostro de Iris, realzando su belleza. Ella le sonrió con dulzura, una expresión que casi desarma la cautela del joven.

"No te asustes, mi Ares," susurró Iris, tomando suavemente su mano. El contacto fue como una descarga, pero esta vez, Ares no se retiró. "Lo que sientes no es debilidad, es pasión. La pasión es un fuego. Si no la controlas, te quema; si la dominas, te da una fuerza inigualable."

Lo guio a un banco de piedra. Ella se sentó y lo invitó a hacer lo mismo. Iris no le enseñó un truco ni una fórmula mágica. Le habló de la paciencia, de respirar hondo antes de actuar y de canalizar esa energía en la observación.

"Mírame, Ares. Siente la tensión, pero no dejes que te ciegue. Obsérvame."

Ares la miró fijamente. Vio la sonrisa, no el torrente. Sintió el roce, pero percibió el respeto. Se dio cuenta de que su arrebato no era por ella, sino por su propia falta de control.

Una paz inusual lo invadió. "Entiendo," dijo con voz firme. "Es la calma en medio de la tormenta."

Iris asintió con una mirada de orgullo. "Ahora eres un caballero, Ares. Uno que sabe que su mayor poder es la mente, no la fuerza bruta."

Ares conocía el poder de los hadrieles, e Iris le mostró cómo controlar su ira incontrolable tan solo con la observación.

M. D. Álvarez 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Ama de cría, de Amparo González Tomás (Reseña 1131)

 


Amparo Gónzalez Tomás
Ama de cría
Editorial Soldesol, junio 2022

Con prólogo de Rosa Jordán Roca, el presente libro contiene 8 relatos, empezando por el que da título a la colección, y que nos habla de oficios desaparecidos: pescador, aguadores, cigarreras, herreros, carpinteros, ama de cría... pero también de violencia contra la mujer, de pederastia, de...

En todos ellos hay un recuerdo de una vida pasada, de unos oficios que fueron desapareciendo, pero que podríamos encontrar, casi sin lugar a dudas, en muchos rincones de nuestros pueblos vacíos y no tan vacíos.

Y del sufrimiento del ser humano, de la pasajera felicidad, tan frágil y tan fácil de romper, como podréis leer en el último relato, o de la confianza mal usada, en el que da título al libro.

Son recuerdos de otros tiempos, que se van perdiendo, y que me trajeron a la memoria un programa televisivo de hace años donde se hablaba de esos oficios que ya no existen.

Francisco Javier Illán Vivas 

jueves, 18 de diciembre de 2025

Una navidad solidaria, de Harmonie Botella

 


 

 

En la quietud cristalina de una Nochebuena nevada, donde el firmamento se teñía de un índigo profundo y las estrellas titilaban como gemas efímeras, se erguía la aldea de Eldoria.

Este rincón olvidado del mundo, anidado entre colinas ondulantes y bosques susurrantes, albergaba almas de procedencias disímiles: refugiados de tierras áridas, artesanos de costas brumosas y nómadas de estepas ventosas. Sus hogares, modestos y variopintos, se adornaban con guirnaldas iridiscentes y luces titilantes, símbolo de una festividad que transcendía fronteras. En el corazón de este pueblo moraba una plaza centenaria, flanqueada por un abeto colosal cuya copa se perdía en la bruma celestial. Bajo sus ramas cargadas de nieve, se congregaban los niños: inocentes querubines de ojos luminosos y risas límpidas.

Allí estaba Amir, el pequeño beduino de piel aceitunada y mirada sagaz, cuya familia huía de vientos arenosos y conflictos ancestrales. Junto a él, Li Wei, la niña de cabellos ébano y sonrisa serena, venida de orientes lejanos donde los dragones danzaban en pergaminos antiguos. Y no faltaba Sofia, la chiquilla del Este de Europa, con trenzas doradas y espíritu indómito, descendiente de marineros que surcaban mares tempestuosos. Aquella víspera, un vendaval impetuoso azotaba la aldea, derribando ornamentos y extinguiendo velas. Los adultos, absortos en sus quehaceres prosaicos, murmuraban sobre la adversidad: "La Navidad se desvanece en esta tormenta inexorable", decían, mientras el frío se colaba como un intruso sigiloso.

Mas los niños, con su candor inmaculado, no se amilanaban. Amir, recordando las noches estrelladas de su desierto natal, propuso: "Construyamos un refugio de paz, un santuario donde las culturas se entrelacen como hilos de un tapiz mágico multicolor". Li Wei, con voz melodiosa como un arroyo primaveral, añadió: "En mi tierra, compartimos linternas flotantes para ahuyentar las sombras. Traeré papel translúcido y tintes opalinos". Sofia, entusiasta, exclamó: "De mi pueblo traigo conchas nacaradas y cantos ancestrales que invocan la serenidad". Juntos, en la plaza gélida, iniciaron su obra. Amir delineó un círculo con ramas flexuosas, simbolizando la eternidad de la paz universal. Li Wei plegó papeles etéreos, infundidos con proverbios de armonía. Sofia entretejió guirnaldas con elementos marinos, evocando la solidaridad que une océanos distantes y bravos. Mientras laboraban, surgió una disensión efímera: Amir deseaba un fuego central, reminiscencia de sus hogueras nómadas; Li Wei temía que consumiera sus delicadas creaciones; Sofia abogaba por canciones en lenguas variopintas. Mas en su inocencia, hallaron el equilibrio. "La paz no es uniformidad", susurró Amir, "sino la fusión armónica de lo diverso". Li Wei asintió, y juntos encendieron una llama controlada, rodeada de piedras iridiscentes que reflejaban luces multicolores. Cantaron en un coro polifónico: himnos beduinos de resiliencia, melodías orientales de equilibrio y baladas europeas de esperanza. La tormenta, como si conmovida por su tenacidad, amainó. Los adultos, atraídos por el fulgor, emergieron de sus moradas. Contemplaron el santuario: un edén miniatura donde símbolos de culturas dispares coexistían en sublime sinfonía. Un anciano, de barba argéntea y ojos sabios, murmuró: "Estos infantes nos enseñan que la solidaridad es el bálsamo para las heridas del mundo". Familias de horizontes remotos compartieron viandas: dátiles dulces del desierto, postres vaporosos del este y pasteles especiados del mar. Al alba, cuando el sol despuntó con un resplandor áureo, la plaza rebosaba de risas. Los niños, exhaustos pero radiantes, se abrazaron. Amir, Li Wei y Sofia comprendieron que la verdadera Navidad no yacía en opulencias materiales, sino en el lazo intangible de la comprensión mutua. La moraleja se reveló en su pureza: en un mundo fragmentado por barreras ilusorias, la paz florece cuando la solidaridad une culturas diferentes, guiada por la inocencia de los niños, que ven no divisiones, sino un tapiz infinito de posibilidades compartidas.

Así, el pueblo se transformó en un faro de armonía, recordando que incluso en la adversidad, un gesto de unidad puede iluminar la oscuridad más profunda.

Harmonie Botella Chaves