Acantilados de papel
martes, 30 de junio de 2026
La gracia de los besitos porteños, de M.D. Álvarez
viernes, 26 de junio de 2026
Los días largos, de Teresa Galeote Dalama (Reseña nº 1156)
Teresa Galeote Dalama
Los días largos
M.A:R. Editor, 2026
Tuve la suerte de coincidir con Teresa en Alcalá de Henares, ciudad donde reside, y de que me dedicara la novela que comento esta semana. Ella lleva tiempo reivindicando un tiempo pasado que destrozó la sociedad española por el odio que descendió desde las altas esferas hasta el pueblo llano, llevándolo a la Guerra Civil, en mayúsculas.
La historia siempre la han escrito los vencedores, aunque parece, a mi entender, que nadie ha contado como se llegó a ese momento.
En esta novela, que fue ganadora del premio Carta Puebla de Novela en su VII edición, Teresa nos presenta a Marina y Jaime, dispuestos a dejar atrás los interminables días de la Guerra Civil y de los que siguieron, que si no tuvieron guerra, sí represalias, muertes, hambre y calamidades.
¿Es posible conseguirlo? Difícil olvidar un campo de concentración. No sé si en la historia de las barbaridades humanas cometidas por ideologías de todo tipo, los que sufrieron -y sobrevivieron- un campo de concentración (no digamos ya de exterminio, como fueron los del partido nazionalsocialista) pudieron olvidarlo.
Jaime y Marina no pueden y esta novela, repleta de dolor y de amor de ambos hacia Ángela, una niña que encuentra en ellos a la madre perdida, nos invita a leerla despacio y a reflexionar sobre aquellos tiempos... y los actuales.
Yo no los viví, pero los actuales, los actuales empiezan a parecerse demasiado a aquellos años precedentes, donde desde la clase política se inculcó el odio de unos contra otros.
He disfrutado con la lectura de Los días largos, apropiado título de Teresa Galeote para una novela donde lo importante era llegar vivo al final del día.
Francisco Javier Illán Vivas
jueves, 25 de junio de 2026
Dos poemas de Beatriz Martín Navarro
martes, 23 de junio de 2026
Lengua de vaca, de M.D. Álvarez
viernes, 19 de junio de 2026
Poesía completa, de Francisco Javier Illán Vivas (Reseña nº 1155)
Francisco Javier Illán Vivas
Poesía completa
Ediciones Irreverentes,
ANTE EL SILENCIO NOS QUEDA LA PALABRA
La vida es una paradoja, el contraste inseguro de deshojar una margarita, mirar el cielo a través de los ojos que nos miran, conquistar la palabra como si izáramos una bandera, clavar la estaca en la cumbre y dejar que las alas nos rocen las mejillas.
Francisco Javier Illán Vivas se nos muestra enamorado, desde la tristeza y desde la sonrisa. Busca con desesperación el cuerpo amado y quiere traspasarlo sin medida. Ha descubierto que el alma es la piel que no se ve y el ombligo es el pozo de los deseos incesantes. Coloca la nariz en el asfalto y un aroma de miel lo envuelve todo, lo lleva al campo, a pesar de la niebla. La niebla es un espejo con el que tropezamos y, a veces, nos sabe a beso y, en otras ocasiones, a ausencia.
Déjame que te escriba entonces, nos susurra con un lenguaje vegetal. Desfila en su entramado poético los jardines y los bosques, como si quisiera domesticar las emociones por un lado y de otro, dar rienda suelta a la rebeldía. El verso, en el fondo, es una soga al cuello de la soledad.
Su poesía nos desconcierta: le enseña la patita a la esperanza y cae de bruces en el abismo. Salta o se desploma. Sus hilos no están hechos de letras, sino de pasiones que procura atemperar entre los barrotes del poema. Es humana, sencilla, caracolea con el sol, se tumba pesadamente en el sofá y grita. Es insensata como quien acude al frío para que le caliente los pies y concibe el fuego como sombrío, ceniza de lo que pudo ser, si no se quema las manos con la piel ajena. Es tierna y despiadada. Joven y anciana. Contradictoria. Porque no es más que el reflejo de lo que vive, una apuesta decidida por no guardarse nada en los bolsillos, un desnudo integral, cae la tela suave de una falda, el ronroneo de unas medias al desprenderse de las piernas, el suspiro despierto de unos labios y toda esa parafernalia huele a amor, se escucha como un insignificante latido apenas perceptible, como esa gota sabia que deja al descubierto la grieta.
Francisco Javier Illán Vivas deja que nos asomemos por ese hueco donde quedan los restos de un naufragio: las ruinas de la infancia entre hierbas silvestres, las paredes desconchadas del recuerdo, los senos de una rubia de cabellos de nata ocultos bajo la bruma, el huerto entregado al abandono, el arriate descuidado por el tiempo y el papel amarillo de las fotografías antiguas que se deshace con la memoria.
La poesía del escritor murciano se caracteriza por la capacidad de evocación con la que nos devuelve a un pasado salpicado de nostalgias, por una sobriedad ajena al adorno porque piensa que los excesos nos desvían de la sustancia, por un ritmo pausado con el que pretende, sin conseguirlo, detener al tiempo. Compone una poesía de raíz donde los elementos cotidianos adquieren protagonismo y la lluvia, el viento que se cuela a través de las ventanas, la tierra y la naturaleza nos desnudan ante el mundo por medio de la verdad.
Vive en su verso la búsqueda irreparable de la propia identidad, la censura hacia una política que deja en paños menores al ser humano (le arranca todos los ropajes de la dignidad), ataca sin reparo una sociedad pasiva ante las injusticias y alaba el papel primordial de la mujer.
A lo largo de las estaciones, cuando el mar ya no lo tenemos a la espalda, sino que nos mira cara a cara, aún encontramos arrestos con la palabra para cargar el peso de la memoria, llevar con honradez un amor maduro, adaptarnos a las ausencias aceptando el cambio inevitable que nos impone la existencia. La noche con sus dos abismos: el tierno que nos lleva a enredarnos entre las sábanas; el duro, que nos deja a solas ante el silencio.
Alejandro Pérez Guillén




